Me desperté de nuevo en la madrugada y tras unos minutos de estar acostado sin volverme a dormir, estoy aquí frente a la computadora con ganas de compartir.

Ayer por la tarde pasé por un semáforo cercano a mi colonia y estaba una señora que pasaba entre los carros vendiendo sus artesanías, la acompañaba una niña con una cajita de chicles (goma de mascar), de esas cajitas livianas con paquetes de cuatro pastillas. Estaban ellas en un camellón en lo que se acababan de detener los carros para pasar a vender y observé a la niña que traía en una mano los chicles y en la otra, una varita con la que iba jugando: tocaba la tierra, el pasto, las piedras, otras ramas e iba diciendo algo, platicaba o cantaba mientras hacia viajar la varita. ¡Era todo un espectáculo!. Los carros se detuvieron ante la luz roja y la niña pasó a un lado ofreciendo los chicles; al pasar junto a mí, no pude más que rendirle tributo y le di un paquete de galletas que acababa de abrir y me dijo gracias y sonreímos, tenía una sonrisa bella que combinaba con su tono de voz al decir gracias. Subió al camellón de nuevo y me dí cuenta que al chofer del auto que iba atrás de mí, también lo tenía cautivado, ella lo vió y él le dijo adiós para que ella respondiera diciendo adiós también.

La belleza de esta niña iba más allá de su carita infantil, el color moreno de su piel y su pelo negro que resaltaba sus ojos brillantes, tenía el brillo del juego, el brillo de ser niño, el brillo de ser niña, de entregarse a algo que ella había creado con esa varita que estaba en el suelo y con lo que le regalaba el entorno. Así sin iPads, ni WiFi, con una sofisticación más allá de toda marca de ropa: la simpleza del juego. ¡Qué regalo!

Y eso me pone a reflexionar en lo que le damos a nuestros niños, sobre todo en sus primeros meses de vida en donde según veo en mi hijo, lo que más disfrutan (y creo necesitan) es estar con sus papás, más allá de esa pequeña trampa del tener para ser que tiene a la mayoría de la sociedad enfocada en lo exterior y más cerca del ser para compartir y crecer, de abrazarlo y jugar con él, sonreír juntos y disfrutar los momentos.

Me hace reflexionar también en como damos lo que le damos a nuestros hijos, como brindamos ese tiempo juntos, esa cercanía. Me doy cuenta para empezar, lo asombroso de esta nueva generación, lo observadores e inteligentes que son: estaba con Alexander poniéndole los juguetes que le gustan alrededor de él, con la intención de que se estire para tomarlos y apoyarlo en aprender a desplazarse, así puse una pelota de esas que tienen bolitas (sensoriales), cerca de él y en lugar de que se estirara al máximo para tomarla, agarró otra pelota de las mismas y la uso para alcanzar la primera y acercarla. ¡Wow!, para mí, eso fue impresionante.

Con estas gratas sorpresas de la inteligencia de mi hijo veo la magnitud del reto: acompañarlo en su crecimiento, sin limitarlo al crecimiento que yo creo que es el mejor, sino facilitando el suyo propio, original como él. Todo un ejercicio de humildad para soltar el ego y aprender junto a él: él descubriendo el mundo y yo también, descubriéndolo de nuevo, porque a final de cuentas, yo también soy nuevo, igual que él (cuando él nace, yo nazco como papá). Así que creo que la clave es esa, descubrir juntos, maravillarnos juntos, respetándole ese lienzo en blanco que es y en el que se puede aprender de una manera original, fresca, nueva, total, tal como es el aprendizaje real, el que lleva al crecimiento.

Así sea… original, fiel al origen 😉

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